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lunes, 13 de abril de 2009

ALTAMIRA/PATACONES Y BLANQUEO DE CAPITALES


La semana pasada se reunieron con gran pompa, mucha preparación y bastantes expectativas los jefes de Estado de las naciones que forman el Grupo de los 20. Ya lo habían hecho en noviembre pasado, siempre con el objetivo de encaminar la bancarrota capitalista mundial ante la imposibilidad obvia de superarla.

Durante las semanas anteriores al evento, la prensa mundial había descrito una división entre Estados Unidos y Gran Bretaña, por un lado, y Europa, por el otro. La delimitación pasaba, se decía, por el siguiente eje: Estados Unidos pretendía que Europa incrementara los gastos fiscales en las proporciones que lo habían hecho los norteamericanos, a los fines de estimular la demanda. Los europeos, por su parte, reclamaban que se pusiera un límite a las actividades de los fondos especulativos y a las operaciones desde los paraísos fiscales, con el argumento de que habían originado la crisis financiera que desembocó en la crisis mundial generalizada. En realidad, Europa no puede secundar a los Estados Unidos en.

la expansión del gasto fiscal porque no tiene un presupuesto común. Los Estados que la componen no tienen condiciones de financiarlo en forma separada. El Banco Central Europeo no puede jugar el rol de financista que cumple la banca central norteamericana porque, además de no tener como contraparte un presupuesto estatal único, tampoco tiene una moneda que goce de los privilegios de emisión del dólar.

En realidad, esta presentación del problema sólo sirvió al propósito de disimular que el G-20 no tiene las condiciones ni tampoco es el ámbito para tratar el núcleo duro de la crisis: varios billones (millones de millones) de activos y de préstamos invendibles y, por lo tanto, completamente desvalorizados, que los bancos de todas las latitudes -pero especialmente los norteamericanos- tienen en su poder. Estos activos sin valor impiden a los bancos hacer frente a las deudas que han contraído por valores similares. A la larga esto conduce a la quiebra del sistema financiero internacional y al dislocamiento monetario. La caída brutal de la demanda mundial no es la causa de la crisis, sino la consecuencia de la quiebra bancaria. Solamente el crédito que financia el comercio internacional se ha hundido un 90 por ciento. No es de sorprenderse que se prevea la primera caída d! el intercambio mundial en 65 años, en un escalofriante 9 por ciento. El rescate de los bancos quebrados ha sido encarado por cada uno de los Estados nacionales con los métodos que tienen a su disposición. Esencialmente, los bancos centrales han salido a emitir dinero: la Reserva Federal ha expandido el dinero a disposición de los bancos, en menos de un año, de 300 mil millones de dólares a 4 billones - lo que se dice una bicoca. La deuda pública de Estados Unidos se ha ido a los 12 billones de dólares y su déficit fiscal a 1,5 billones al año. Sobre este punto decisivo, el G-20 ni osó meter sus narices.

Cuasi-monedas

Lo que, de todos modos, planeó como una pesadilla sobre la cumbre es la bancarrota de Europa del Este, los países del Báltico y algunos de Asia. Solamente los europeo-orientales tienen un déficit financiero para sólo el año 2009, de 500 mil millones de dólares, entre deuda externa y déficit comercial. Una declaración formal de cesación de pagos sería mortal para muchos bancos occidentales que ofician de acreedores. Los créditos otorgados por los bancos austríacos a sus sucursales o clientes euro-orientales, por ejemplo, equivalen a la totalidad del producto bruto de su país, o sea que no existe la posibilidad de que sean rescatados por el gobierno de Austria. Sin embargo, cuando se tiene en cuenta que las divisas de México y de Brasil requirieron el sostén de la Reserva Federal por 70 mil millones de dólares, es claro que existe una amenaza de cesación de pagos del conjunto de los llamados países emergentes.

A diferencia de crisis anteriores, los agujeros financieros de los países emergentes no pueden ser resueltos por medio de la devaluación de sus monedas. De un lado, porque no existe la posibilidad de que de este modo aumenten las exportaciones, ya que la crisis es mundial, no nacional. Del otro, la devaluación provocaría la bancarrota de capitales nativos y foráneos, lo que acentuaría esta misma crisis. Por último, una cadena de devaluaciones de países emergentes acabaría por dislocar el mercado monetario mundial. Más concretamente, el país con mayor déficit comercial del mundo y con mayor necesidad de financiamiento es Estados Unidos, o sea que el dólar es la moneda cuya valuación es la más artificial del planeta. Esta sobrevaluación del dólar se acentuaría como consecuencia de una cadena de devaluaciones tercermundistas, porque ella provocaría una fuga de capitales a Estados Unidos. Los desequilibrios mundiales se acentuarían y Estados Unidos se chuparía todo el financiamiento mundial disponible, lo que dejaría en la bancarrota al resto del mundo. La política de préstamos que está siguiendo el FMI es contener las devaluaciones monetarias mediante la caída, en términos absolutos, de los salarios y los gastos sociales del gobierno -o sea la deflación monetaria. Lo que pretendió hacer Cavallo antes de diciembre de 2001.

Es precisamente esta absorción del financiamiento disponible por parte de Estados Unidos lo que provocó la mayor fricción con Europa y hasta con China, y hasta una irascible diatriba contra los planes de Obama por parte del presidente rotativo de la Unión Europea.

El G-20 no le encontró una salida o siquiera una contención a esta catástrofe inminente, sino solamente un parche. Para los argentinos es una receta que conocemos de memoria: patacones y blanqueo de capitales.

En efecto, el G-20, con nuestra ‘madame La Presidente', ‘in coda', decidió devolverle la vida al FMI para que pueda emitir una moneda nueva, los llamados Derechos Especiales de Giro (DGR). Los más pícaros disfrazaron este viejo nuevo invento como el principio de creación de una nueva moneda independiente de los Estados nacionales. De acuerdo con esto, el destino de los capitales no lo decidirán, dentro de algún tiempo, los comisionistas políticos de la burguesía de cada país, sino un burócrata multinacional sin amo individualizado. En realidad, el DGR es una moneda que no circula ni tiene respaldo propio, cuya unidad de valor equivale a la cotización promedio de una canasta de monedas. Cada país podría girar sobre ella en una proporción de los aportes que ha hecho en su propia moneda -la mayoría de las cuales no tiene aceptación internacional. Es claro que su circulación no saldría de los tesoros de los bancos centrales y del FMI, pero si se le diera vida libre sería exactamente un patacón o un lecop. La función de los DGR es darle un respiro al dólar y al euro (que ya se han emitido en cantidades descomunales para el rescate de los bancos) para financiar la deuda externa y los déficit de los llamados emergentes. Por ahora serían el equivalente de unos modestos 250 mil millones de dólares, que no cubren ni el 5 por ciento del agujero emergente. Si se los usara en la proporción necesaria, deberían poder circular entre agentes privados, en cuyo caso el mundo tendrá la moneda basura ‘que supimos conseguir'. Mucho antes de eso, sin embargo, el sistema monetario internacional habrá quedado dislocado.

Euroización

La entronización del FMI como una autoridad monetaria internacional y de los DGR como la nueva moneda de cambio y de reserva, es un desatino. Por eso, los más serenos han sugerido, como alternativa, la euroización de toda Europa del Este; o sea, la sustitución de sus monedas nacionales por el euro, como ocurre con Ecuador, por ejemplo, que sustituyó al sucre por el dólar. Se esgrime el argumento de que se disiparía la posibilidad de un default de esos países, porque su deuda podría ser refinanciada en una moneda con respaldo fuerte. Nada parecería más natural que la euroización, dado que esos países ya pertenecen a la Unión Europea. Pero la variante, que tantos adeptos tuvo en el auge de la dolarización, fue rechazada. Es que, en ese caso, el garante de la deuda impagable de esos países y de los del Báltico pasaría a ser la banca central europea, que está encargada de la defensa del euro pero de ningún modo de los rescates nacionales, que son competencia de cada país. El BCE, por otra parte, tiene por delante una tarea de rescate que lo excede, porque en la fila están ya Irlanda, Grecia e Italia, y dentro poco se habrá de anotar España. El país con el agujero financiero más grande de toda Europa es el Reino Unido de la Gran Bretaña, cuya City de Londres ha sido destruida por el tsunami y está sufriendo la mayor salida de capitales del mundo y la segunda mayor bancarrota de créditos hipotecarios. Quizá fue esta situación desesperante la que llevó a que la reina se dejara agarrar por la cintura por Michelle Obama.

El BCE solamente podría asumir la función de rescatista si pudiera endeudarse a gran escala en el mercado mundial, pero para eso necesita el respaldo presupuestario y legal del conjunto de la UE -que no existe, y que solamente podría existir con el respaldo adicional de una policía y de un ejército, o sea de un Estado.

Estafadores de todos los países, blanqueemos

El G-20 también decidió, bien que para las tribunas, emprenderla contra los paraísos fiscales, aunque por ejemplo no mencionó a tres Estados norteamericanos que funcionan como tales. En los paraísos fiscales no solamente no se pagan impuestos, sino que se lavan capitales fraudulentos, en especial narcodivisas. Sin estos paraísos, el capitalismo moderno sucumbiría en el acto. Sin dinero negro no seguiría en pie ningún banco importante en el mundo. Basta indicar que una ‘nación' europea, Luxemburgo (o Mónaco), es un paraíso fiscal (de modo que algún día le tocará a un luxemburgués presidir la UE), para poner en evidencia el poco celo que se habrá de poner para suprimir a esas mesas de dinero. La plétora de casinos, de negocios inmobiliarios y circuitos bancarios paralelos ha convertido a todos los países en paraísos fiscales.

Sin embargo, el empeño tiene alguna relevancia porque, como lo acaba de sugerir el Corriere della Sera, hay una excelente oportunidad para que los Estados dicten un blanqueo de capitales, o sea un perdón judicial e impositivo para el dinero que decida ‘regresar al hogar'. Como se ve, Kirchner ha hecho escuela; Prat Gay, Lavagna, Ferreres y González Fraga deberán llamarse a silencio. Con una ley de blanqueo, los Estados y los bancos centrales podrían conseguir un dinero adicional, proveniente de los paraísos fiscales, para seguir llenando el barril sin fondo de los rescates bancarios. Los capitales de los bancos alojados en los paraísos fiscales vendrían en socorro de esos mismos bancos que están afectados por activos y préstamos podridos. ¡El Citibank, que se encuentra bajo la carpa de oxígeno del Tesoro norteamericano y de la Reserva Federal, acaba de crear, con el dinero de uno y de la otra, un fondo de inversión para financiar el rescate de los bancos, que además recibirá el aporte público!

China

Lo que no se le escapa a nadie es que el principal acreedor de todos aquellos que se encuentran en bancarrota es China, que tiene casi dos billones de dólares invertidos en Estados Unidos -unos 800 mil millones en bonos del Tesoro. China no va a salir de este atolladero aumentando su cuota en el FMI, ni prestándole al FMI para que éste emita DEGs. China es adicta a los yanquis, porque tampoco ha cesado de invertir en Estados Unidos sus excedentes de dólares.

Ahora bien, muy a pesar de ellos, este cordón umbilical se va a romper, por la simple razón de que el comercio mundial se está cayendo, y con él los superávit de las naciones que sobrevenden, y con esto el ritmo de incremento de sus reservas. Este simple mecanismo de la crisis deberá llevar a la devaluación del dólar y, por consiguiente, a la desvalorización del dinero de China en Estados Unidos. La ruptura de este vínculo es la madre de toda esta crisis y, naturalmente, sacudirá a China de cabo a rabo. Los planes de Obama, para rescatar a la banca y a los acreedores de esta banca, con dinero público; la absorción de capitales para financiar este rescate estatal; la valorización del dólar que resulta de todo este operativo; todo esto tiende a reproducir una relación de déficit norteamericano con China (y de superávit de ésta con Estados Unidos), que debe explotar por su efecto acumulativo o, en su defecto, por el derrumbe del comercio mundial engendrado por la crisis financiera y, ahora, industrial.

Muchos se han representado el endeudamiento de Estados Unidos con China como una inversión en las relaciones de dependencia entre un país desarrollado y otro, en este caso, que es ‘sui generis'. Pero China no exporta capital a Estados Unidos, sino Estados Unidos a China. El financiamiento del Tesoro norteamericano por parte de China no se aplica al desarrollo de los capitales chinos en Estados Unidos sino de los norteamericanos. China presta, a cambio de un interés, el dinero que el capital norteamericano utiliza para apalancar sus inversiones industriales o su comercio. El excedente monetario de China ha ido a parar a los bancos y fondos especulativos no chinos, que ‘originaron' el derrumbe financiero actual. Si el ahorro chino ha estado financiando el desahorro norteamericano, esto significa que la desinversión china ha financiado la inversión y el consumo norteamericanos. En las relaciones semicoloniales, en cambio, el capital inglés, por ejemplo, compraba deuda del Estado argentino, pero para que éste pudiera pagar las obras públicas que ejecutaba el capital inglés.

El intento de China de darle una función internacional al yuan (por ejemplo el canje con pesos argentinos) no pretende convertirlo en una moneda internacional. Es una expresión de la política de China para evitar que se revalorice su moneda frente al dólar y que las exportaciones chinas pierdan espacios en el mercado internacional. Las contradicciones anudadas entre Estados Unidos y China, en su relación estrecha de dos décadas, deberán saltar como consecuencia de la bancarrota mundial. Los que vaticinan que la crisis podría terminar el año que viene simplemente olvidan que aún no ingresó al escenario el estallido de las contradicciones entre Estados Unidos y China.
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