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sábado, 6 de marzo de 2010

Susana Vau se pregunta tambien si este gobierno quiere irse o quedarse (glup)

¿El Gobierno quiere quedarse o quiere irse? Ese interrogante asomó el jueves, luego del discurso con que Cristina Fernández prolongó la onda de desafío que había iniciado el lunes ante la Asamblea Legislativa. Si lo que la Presidenta buscaba era desatar por cadena nacional las iras del cielo y del infierno, el resultado no pudo ser mejor. Los anuncios sobre la Cuenca del Salado se transformaron rápidamente en un oleaje rabioso que se metió entre las sábanas de las magistradas, haciendo enrojecer de indignación las fotografías que adornan el Salón de las Mujeres, y arrojó a la orilla de enfrente a los otros dos poderes del Estado. Los jueces porque, según dijo, se “alquilan”; los parlamentarios, porque con maniobras de “baja estofa” trabajan para su destitución. De cualquier modo, con ellos o contra ellos, aseguró la Presidenta, las reservas del Banco Central pagarán la deuda pública. ¿Por qué será así? Porque tanto la creación del Fondo del Bicentenario como la del Fondo de Desendeudamiento Argentino hicieron subir la bolsa, los bonos y bajar el riesgo país y eso es bueno para la nación. Poco importa que dos años atrás la estatización de las AFJP haya derrumbado 11 puntos la bolsa y los bonos y disparado el riesgo país en un 18,7 por ciento.

También entonces la medida fue beneficiosa para los ciudadanos porque más allá de que los mercados tiemblen o aplaudan, lo que hacen la Presidenta y su marido siempre será bueno para los argentinos. El cuerpo multitudinario de la nación se encarna desde hace siete años en una figura bicéfala. Pero sobre todo, el tiempo que quede por delante se gestionará así, contra viento y marea porque la Presidenta está convencida de que ha sido elegida por cuatro años para conducir a piacere la orientación del Estado. Al que no le guste, que espere su turno. Lo habían anticipado, con una grosería maradoniana, las mariposas volanteadas en el Congreso. En la filosofía Kirchner el poder es total o no es nada. En su concepción, la democracia presidencialista es apenas la forma más o menos moderna de referirse a una monarquía, temporaria y electiva, es cierto, pero absoluta al fin. Ya lo decía Bossuet: “Si el príncipe se conduce mal no hay fuerza capaz de obligarle. Los súbditos no deben oponer más que respetuosas advertencias”. En eso consiste, para los Kirchner, el difícil arte de gobernar.

La oposición, esta vez, no mordió el anzuelo. Luego de la sesión del Senado en la que el Frente para la Victoria perdió la mayoría en todas las comisiones, desde Olivos le hicieron saber al puntano Adolfo Rodríguez Saá que no estaba en los cálculos del Gobierno retroceder: “Si ustedes vienen por todo, nosotros vamos a hacer lo mismo y después vemos quién se queda con la bandera de la democracia”, le habrían dicho. En el Peronismo Federal hubo coincidencia en que la jugada de Cristina Fernández apuntaba a poner a prueba los límites de la oposición. “Hay que tener nervios de acero porque está invitando a destituirla”, evaluaron y especularon con un eventual intento de “fujimorización”. De todos modos, recordaron, las diferencias son insalvables porque, en 1992, al decretar el cierre de un Congreso que le “impedía gobernar”, el peruano contaba con un 80 por ciento de imagen positiva. Y hasta los más entusiastas seguidores de la pareja patagónica saben que ninguno de los cónyuges supera el techo del 20 por ciento. El radicalismo sacó conclusiones similares, aunque prefirió imaginar que el kirchnerismo intentará reequilibrar su situación apelando al ejemplo del hondureño Manuel Zelaya, quien trató de esquivar al Parlamento para llamar a un referéndum que le abriera el camino a la reelección y acabó derrocado por las bancas. Eduardo Duhalde, por su parte, aconsejó a sus hombres desactivar la discusión, bajar el voltaje del enfrentamiento verbal y aguardar a que la naturaleza misma de los actos del Ejecutivo resuelva la situación. Entre tanto, durante un almuerzo, Felipe Solá y el líder de Proyecto Sur, Pino Solanas, avanzaron en la discusión de una ley correctiva del Presupuesto, idea que parece potable para casi todo el arco opositor.

El oficialismo de la Legislatura, sobre todo en el Senado, absorbió con resignación la pérdida de la mayoría en las comisiones. Las declaraciones altisonantes que coronaron la sesión no fueron más que una formalidad a cumplir. “Estábamos obligados a hacerlas”, admitieron. Puertas adentro del bloque K todos sabían que ese desenlace era inevitable. En el Frente para la Victoria no son pocos los senadores que, a la vista de la catástrofe, han comenzado a pedir la reanudación del diálogo. “Olivos cada vez maneja menos al bloque –admite uno de ellos–, la presión que se ejerce desde allí disminuye aceleradamente y en las reuniones se nota que ha bajado la obediencia debida”. Miguel Pichetto, jefe de la bancada, relata la fuente, pese a la aparente aspereza de su postura escucha las críticas a la conducción política y en ocasiones las comparte. La flexibilidad le permite mantener la disciplina del grupo. Sin embargo, aún no ha sonado la etapa de la dispersión. “Estamos camino a eso –dice el legislador–: el conflicto no para, el deterioro institucional es grande. Todo apunta a una crisis prolongada, el partido no puede encontrarle una salida y Kirchner no abre caminos de escape”. Decepcionado, describe un paisaje del que han sido ahuyentadas las palomas y en el que no sobreviven sino los halcones. Si bien reconoce que “la oposición no puede dar marcha atrás”, desliza los nombres de quienes a su juicio conforman el corazón del núcleo “duro”: Gerardo Morales, Luis Juez, Elisa Carrió, Eduardo Duhalde. Se ha tensado tanto la cuerda que ya no quedan puentes, sostiene. “Hasta para ellos es difícil encontrar un negociador. Y no va a haber voluntarios individuales porque el que se mueva quedará expuesto y sospechado de colaboracionista”, supone. No obstante es en sus propias filas donde comenzó a gestarse una maniobra de aproximación. Fue una iniciativa de José Pampuro, un hombre que cuenta con la simpatía de todos sus colegas del cuerpo. Después de algunos intentos fallidos, ayer por la mañana, en Olivos, el bonaerense volvió a plantear ante el matrimonio presidencial la urgente necesidad de hallar un principio de entendimiento. La piedra de toque era, por supuesto, el DNU 298/10, que permite disponer de las reservas del Banco Central. Néstor Kirchner se negó de plano a habilitar esa mesa de discusión. Por la tarde, la Presidenta daba una contraorden y Pampuro se reunía con los referentes del radicalismo y del peronismo disidente. Para la oposición está claro que no habrá concesiones en relación con el rechazo de los pliegos de Mercedes Marcó del Pont –sumida, afirman, en una profunda preocupación–, la modificación del impuesto al cheque y la derogación del decreto de la discordia. Todavía se encuentra en discreto estado de preparación un pedido de informes que procurará determinar cuántos bonos compró, antes de la firma de los DNU, un importante banco de capitales argentinos y considerado un firme aliado del Gobierno.

Recostado sobre un enorme sofá y monitoreando las novedades a través de la pantalla del televisor, Néstor Kirchner prefirió seguir confiando en la potencia de la movilización callejera, en los réditos que le produzca el revival del 11 de marzo y en no tomar nota del fracaso del mitin al que el jueves por la tarde convocó Hebe de Bonafini para respaldar a Cristina Fernández y su irreversible decisión de pagar deuda con reservas. Un pañuelo blanco para los holdouts.


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